jueves 10 de noviembre de 2011

El vencejo

El otro día estaba mirando unas fotos muy "cute" en el facebook, de animalitos tiernos y adorables. Me fijé, como en otras muchas ocasiones, en la gran cantidad de gente que comentaba con un "Yo quieroooo!!!", "Lo quiero, YA!!!", y expresiones similares. De 20 comentarios, igual la mitad eran de este tipo. Sé que hay personas que realmente respetan a los animales y los valoran, y que esos comentarios no son más que expresiones de cariño. Pero siempre que los oigo o leo, no puedo evitar recordar una experiencia que tuve de adolescente con un vencejo y un crío.
No recuerdo cuántos años tendría yo, entre 11 y 13, seguramente. Era verano, un mes de julio, y estaba con mis padres en el Eurocámping, en Sant Antoni de Calonge. Iba, como siempre, en mis Mundos de Yupi, jugando con las plantitas y buscando gorriones caídos del nido. Me encantaba coger pequeños gorriones que correteaban por la hierba, intentar alimentarlos y cuidarlos, enseñarles a volar y devolverles después la libertad, con la esperanza de que volvieran y se convirtieran en mis amigos para siempre. 


La verdad es que los pobres siempre se me morían a los pocos días... pero la intención era buena, no iba a dejarlos en el suelo con todos los gatos que corrían por ahí... 
Ese día había visto un gorrioncillo que no podía volar, y lo seguí hasta la verja de una casa, por donde se escabulló. Me quedé ahí parada, un buen rato, esperando a que saliera. Cuando ya me estaba retirando, una mujer me llamó: 
- ¡Niña! ¿Andas buscando un pajarito?
Yo le contesté, animada, que sí, que buscaba un gorrión caído del nido.
- ¡Ah, yo lo tengo! Está metido en una jaula.
¿Una jaula?? Me quedé perpleja. ¿Cómo había tenido tiempo la mujer de coger al gorrión y meterlo en una jaula??
- Lo encontramos ayer -siguió la mujer (definitivamente, no era el mismo pájaro).
- Pero, ¿es un gorrión?
- ¡No! Yo diría que es un halcón, por el pico curvado que tiene.
Los ojos se me abrieron como platos. ¿Un halcón????
- Me parece que es muy pequeño todavía y no sabe volar. Se ha quedado todo el rato en el suelo de la jaula. ¿Lo quieres? Es que si no, se lo echaremos a los gatos.
Yo respondí con un ¡¡SÍI!! inmenso, emocionada. ¡¡Un bebé halcón para mí!! No podía pensar en nada más. Lo alimentaría (no tenía en mente todavía cómo), lo cuidaría, lo...
Entonces, la mujer me dejó en las manos un animalito asustado, negro, con las alas en forma de media luna un poco separadas del cuerpo, y con patitas que movía frenéticamente. Un halcón... sentí algo de desprecio. ¿Cómo se podía confundir una golondrina con un halcón??? Observé al animalito de cerca. Movía las pupilas de un lado para el otro con nerviosismo e intentaba sacudir las alas, pero era como si no pudiera plegarlas. Me dio mucha pena. Acompañada de un crío que no paraba de pedirme que se lo regalara, fui a enseñarle el pájaro a mi padre, que lo contempló y anunció que no era una golondrina, sino un vencejo. Antes de que yo pudiera decir nada, me comentó:
- Este animal morirá a los dos días de estar en una jaula. No creo que sea un bebé, no tiene plumón, parece un adulto... No sé cómo se habrá caído, igual por alguna herida, sorprendido por un gato... pero tiene que volar, porque si no, morirá de pena. Es como un pez fuera del agua.
Me explicó que las golondrinas (y los vencejos), necesitan tener espacio bajo las alas para poder plegarlas, porque tienen las patitas muy pequeñas. Por eso siempre se las ve en los cables de la luz o en zonas altas.
Y no pueden alzar el vuelo desde el suelo, ya que necesitan aire por debajo para poder impulsarse. Son como una ala delta.
- ¡Dámela, por favor! -el crío me estaba estirando de la manga- ¡La quiero!
Pero yo había tomado una decisión al volver a reflejarme en aquellos ojillos. Estiré con cuidado las alas del vencejo. No parecía que tuviera nada roto... iba a conseguir que volara, sí o sí. Aquél no iba a ser como los gorriones.

 

Me dirigí a un prado que había en la parte trasera del cámping. Tenía césped y hierba alta; iban a construir más parcelas en esa zona, pero mientras tanto era mi lugar preferido, y lo llamaba "El Paraíso". Allí, lancé al vencejo hacia arriba, tan fuerte como pude. El crío chillaba y lloraba. El vencejo subió disparado... y luego cayó planeando. Fui corriendo a buscarlo, adelantando al crío, que intentaba llegar antes.
-¡Lo vas a matar!
-Pues si no vuela, morirá.
Debo decir en mi defensa que yo era pequeña, y las palabras de mi padre "Si no está en el aire es como un pez fuera del agua", me habían cegado y no pensaba en nada más. Actualmente, seguramente hubiera optado por llevarlo a algún lugar apropiado, a un veterinario...
Pero en ese momento, solo pensaba en dos cosas: "Volará" y "Qué crío tan pesado".
Fui lanzando al pobre bichillo cada vez desde más arriba, con el crío pegado a mis talones. Al final, me subí a un generador eléctrico de piedra. "O ahora o nunca". El crío berreaba cada vez con más fuerza "¡Lo quieres matar, dámelo, no lo mates!!!". Lo lancé todo lo fuerte que pude, al aire. El pájaro subió, subió... y después empezó a bajar en picado. Tuve miedo, iba muy rápido; bajé del generador, corrí todo lo que pude, pero supe que no llegaría a cogerlo, ojalá la hierba mitigara la caída... Entonces, casi a punto de tocar el suelo, de repente, el vencejo desplegó sus alas y alzó el vuelo. Planeó por encima de la hierba, consiguió velocidad y altura, y se fue. Me dio la sensación de que jugaba con el aire, de que disfrutaba de su libertad. Me sentí llena de gozo, feliz, y lloré como una magdalena. Casi lloro ahora al recordarlo.
-Pero yo lo quería... -decía el crío mientras yo miraba al cielo, absorta, minutos después de haber desaparecido el vencejo.
Fue algo muy simple, muy tonto, realmente: solo lancé un pájaro al aire, y se podía haber matado. Pero lo importante es que lo hice pensando en su libertad, deseando que fuera feliz, no en que fuera mi amigo para siempre en plan Walt Disney, o mi mascota. Y cuando por fin, después de un día encerrado en una jaula, después de haber pasado por varias manos extrañas, consiguió recuperar su vida, me sentí tan llena como si se tratara de la mía propia. Ese momento me marcó, y cambió mi forma de entender mi relación con los animales, incluso con las personas. No hay mayor felicidad que la de ver que tus seres queridos son felices... aunque no sea a tu lado.
El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas / es ojo porque te ve.

3 comentarios:

  1. No hay mayor felicidad que la de ver que tus seres queridos son felices... aunque no sea a tu lado.

    Bella frase.

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  2. hola Krups!!

    Me ha encantado tu relato,realmente eras ya una personita que amabas a los seres y esa percepción que has tenido con esa ave...instinto maravilloso de una niña a pesar de los obstáculos;seguro que eres así de fuerte en todo en tu vida,fuerte y bondadosa.

    Los animales nos ayudan a muchas personas a conocernos a nosotras mismas y así comprender todo lo demás.

    Un besito.

    PD te he pasado a Facebook y Twitter porque muchas personas no saben que hacer cuando se encuentran un vencejo.

    María del Carmen Pérez Mourelle

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  3. Gracias, Carmen! He visto que has escrito dos comentarios, pero es que tengo que moderarlos para que aparezcan; te he publicado el último, un abrazo.

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