Es imperdonable que ayer me enterara de las muertes de Sara Montiel y Margaret Thatcher y haya tenido que saber hoy lo de este gran hombre, José Luis Sampedro.
Pero es que este economista, escritor, humanista en general, que murió en la madrugada del domingo al lunes a la edad de 96 años, dejó dicho que quería «irse de manera sencilla y sin publicidad».
De hecho, cuenta su viuda que: «Nos dijo que quería beberse un Campari, así que le hicimos un granizado de Campari. Me miró y me dijo: "Ahora empiezo a sentirme mejor. Muchas gracias a todos". Se durmió y al cabo de un rato se murió».
Dejando aparte sus obras, sus cargos... creo que el vídeo y este fragmento de La sonrisa etrusca ya dicen bastante sobre él:
Por el pasillo le llega un llanto infantil, como si lo hubieran suscitado sus pensamientos. No suena irritado ni plañidero, sino rítmico, tranquilo: afirma una existencia. «Me gusta —piensa el viejo—, así lloraría yo si alguna vez llorase...» [...] Cesa el llanto y oye a Renato volverse a la cama. El viejo se levanta, se pone el pantalón y pasa a la cocina. No enciende para no delatarse, le basta el difuso claror callejero. Abre el armario: en su despensa del pueblo le asaltaba una ráfaga de olores, cebolla y salami, aceite y ajos. Aquí, ninguno; todo son frascos, latas, cajas con etiquetas de colorines, algunas en inglés. Coge un paquete cuyo rótulo promete arroz, pero dentro aparecen unos granos huecos, medio tostados e insípidos.
En el frigorífico, el queso es un trozo amarillento, blando y sin sabor apenas; menos mal que puede mezclarlo con unos trocitos de cebolla encontrada en una caja hermética de plástico... El vino, toscano, y para colmo helado... Por todo pan, uno de fábrica: panetto... ¡Si al menos pudiera meter mano a una buena hogaza de verdad, del horno de Mario! ¡Qué sopas de leche!... Y eso negro en el cilindro transparente de ese chisme seguramente será café, pero ¿cómo se hace para calentarlo?
Alarma súbita: un despertador en la alcoba. La casa se anima y aparece Renato dando en voz baja los buenos días. Acciona el aparato del café y saca otro artefacto del armario, lo enchufa y pone a tostar dos trozos cuadrados de panetto. Escapa al baño y se oye correr el agua. Aparece Andrea y exclama destempladamente:
—Pero, ¡papá! ¿Qué hace levantado tan temprano?
Sale sin esperar respuesta y tropieza en el pasillo con su marido, susurrándose palabras uno a otro. Se multiplican los ruidos: grifos abiertos, gorgoteo en sumideros, choquecitos de frascos, ronroneo de afeitadora, la ducha... Luego el matrimonio en la cocina, estorbándose ambos al prepararse los desayunos. El viejo acepta una taza de ese café aguado y pasa al baño a lavotearse. A poco entra Renato:
—¡Padre, que tenemos agua caliente central!
—No quiero agua caliente. No aviva.
Renuncia a explicar al hijo que la fría le habla de regatos en la montaña, olor a hoguera recién encendida, visión de cabras ramoneando unas matas aún blancas de la escarcha. Entre tanto, los hijos van y vienen cautelosos desde la alcoba a la cocina, vistiéndose mientras muerden las tostadas salidas del aparato.
—Venga a ver al niño, padre. Vamos a cambiarle y a darle de comer.
«Será que dan leche los pezones de Andrea?», se extraña el viejo, pues no les ha visto preparar biberón.
Burlonamente intrigado, sigue a Renato hasta la alcobita donde Andrea, sobre una mesa con muletón, concluye de cambiar al pequeño.
Atónito queda el viejo. Paralizado por la sorpresa. Nada de recién nacido, sino un niño ya capaz de estar sentado. Un niño que, intrigado a su vez por la aparición de ese hombre, rechaza con su manita la cucharada de papilla ofrecida por la madre y clava en el viejo sus redondos ojos oscuros. Suelta un gruñidito, manotea un momento y, al fin, se digna abrir la boquita a la comida.
—¡Qué grande! —acaba por exclamar el viejo.
—¿Verdad, papá? —se ufana la madre—. ¡Y solamente tiene trece meses!
«¡Trece meses ya! —piensa el viejo, sin rehacerse aún de la sorpresa...—. Mi nieto, mi sangre, ahí, de pronto... ¿Cómo no lo supe antes?... ¡Está hermoso, ya lo creo!... ¿Por qué me mira tan serio, por qué manotea? ¿Qué querrá decirme?... ¿Fueron así mis hijos, este Renato y los otros?... ¡Ahora sonríe: qué carita de sinvergüenza!»
—Mira a tu abuelo, Brunettino; ha venido a conocerte.
—¿Brunettino? —exclama el viejo, otra vez sobrecogido por el asombro, llevándose la mano a su bolsita del cuello, única explicación posible del milagro—. ¿Por qué le habéis puesto Brunettino, por qué?
Le miran extrañados, mientras el niño suelta una risita. Renato lo interpreta mal y se disculpa:
—Perdone, padre; ya sé que al primero se le pone siempre el nombre del abuelo y yo quería Salvatore, como usted; pero Andrea tuvo la idea y se empeñó el padrino, mi compañero Renzo, porque Bruno es más firme, más serio... Perdone, lo siento.
El viejo le ataja, impulsivo, estrangulada la voz:
—¡Qué sentir ni qué perdón! ¡Pero si estoy gozando; le habéis puesto mi nombre!
Andrea le mira, atónita.
—Tú tenías que saberlo, Renato, que los partisanos me llamaban Bruno. ¿No te lo ha contado Ambrosio muchas veces?
—Sí, pero el nombre suyo es Salvatore.
—¡Tonterías! Salvatore me lo pusieron, quien fuera; Bruno me lo hice yo, es mío... ¡Brunettino!—concluye el viejo, susurrando, paladeando el diminutivo y pensando en la fuerza de su buena estrella, que inspiró la decisión de Andrea. Hasta le parece, mirando esos ojitos ahora pícaros, como si el niño lo comprendiera todo. ¿Y por qué no? ¡Todo es posible cuando sopla el buen viento de la suerte!
Tímidamente avanza un dedo hacia la mejilla infantil. No recuerda haber tocado jamás la piel de un niño tan pequeño. Si acaso cogió alguna vez a los suyos un momento, bien vestiditos, para mostrarlos a los amigos. El puñito ligero, ávido como un polluelo de águila en el nido, apresa el dedo rugoso y pretende llevárselo a la boca. El viejo sonríe deleitosamente: «¡Qué fuerza tiene este bandido!». Le asombra descubrir que el niño posee músculos y nervios. ¡Cuántas sorpresas da el mundo!