sábado, 24 de noviembre de 2012

Te echo de menos

Mi gordo, mi chiquitín... algún día tendré ánimo para escribirte una entrada decente sin echarme a llorar. Ahora mismo, solo puedo colgar este anuncio... que me recuerda mucho a ti.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Lenguaje políticamente correcto y crispación

Últimamente noto mucha crispación por estos lares. Dejando aparte el tema nacionalista (soy de Barcelona) o de la crisis, parece que cualquier palabra que dices pueda ser utilizada en tu contra. Cualquier comentario, aunque sea lo más inocente del mundo, puede ofender a alguien de forma personal y visceral.

 
Yo abogo por la risa. Reíros, hombre, ¡riámonos todos, fluyamos, que es lo mejor! ¡¡La vida hay que tomársela como un eterno cachondeo!! Porque es lo que es, es lo que quiere ser; nosotros no somos más que pulguitas saltando y jugando en un tablero diseñado por niños, sin reglas ni malicia. 
¿De verdad es imprescindible vivir eternamente amargado, eternamente alerta por si alguien te ofende, eternamente mirando por encima del hombro al resto de la humanidad que no esté en tu círculo de amistades?
En mi empresa se tiene muy en cuenta no ofender a nadie, no decir nada que se pueda malinterpretar: "cuidado, camina con miedo, pisando huevos...". Como todo lo que dices se puede tomar en un mal sentido... ¡pues mejor no digas nada! Pero claro, yo escribo libros de texto... ¿cómo toco, por ejemplo, el tema de las lenguas de España... (ups, España no, Estado español... o...)? No os lo cuento para que no lloréis, simplemente mirad un libro de texto actual de Primaria para averiguarlo...
Pues eso, la conclusión a la que se acaba llegando es que como todo lo que decimos puede malinterpretarse, pues casi mejor no decimos nada.


Otra opción disponible es posicionarnos, decir conscientemente las palabras que sabemos que pueden ofender, para que ofendan, y si alguien se queja, "que se joda". Pero así se polariza a la sociedad, se incita al enfrentamiento y a la división.
Ayer fui al Mercat Medieval d'Esplugues de Llobregat. Unos niños jugaban con unas espadas y un escudo de madera, y con unos arcos con flechas con ventosas en la punta. Estuve un rato mirándoles y les saqué alguna foto, pero en ninguna se plasmaba esa sana inocencia de niño pequeño pasándoselo pipa. En mi empresa tenemos prohibido sacar imágenes de armas de juguete, porque alguien se podría enfadar. Jugar a indios y vaqueros, o con arcos, o con playmóbils soldaditos, qué horror... luego seguro que los niños salen violentos y se van cargando a gente por ahí... es mucho mejor reprimirlos, amordazarlos, atarlos para que no hagan y digan nada, dejar que noten nuestra irritación y frustración, así serán personas tan tranquilas y alegres como nosotros.

Nótese que no tiene una espada de madera

De hecho, hay redactores y editores en mi empresa que se escandalizan con todo: las armas, la Navidad, las familias tradicionales felices... E.A me contó que quería utilizar una lámina preciosa de una familia del Antiguo Egipto, en la que se mostraba al padre, la madre cosiendo y los hijos correteando. Pues no veáis qué escándalo se montó... que si eso era la típica familia tradicional, que si encima estaban felices, que si eso no era un reflejo de la sociedad (que digo yo, ¿qué sociedad? porque se hablaba del Egipto Antiguo), que si era machista y retrógrado y... Nada, que supongo que lo que habría que hacer es meter a dos faraones gays con una niña china adoptada... Ah, no, gays no, que se podrían ofender los homófobos...
Podría contar tantas y tantas situaciones absurdas basadas en lo "políticamente correcto"... ¿recordáis a Bibiana Aído y su cruzada contra los cuentos tradicionales?
                                                                          

Pero acabaré con algo que viví ayer. Espero que ninguno de los que "participaron" se ofendan, pero si se ofenden, pues mira, que se pongan a la cola... 
Estaba una madre orgullosa enseñando en el Facebook la foto de su hija pequeña, con el siguiente comentario: "......cómo disfruta en la guarde...". Una profesora se indignó y dijo, en catalán, que no se debía decir "guarde", ni "guardería". Que era "llar d'infants" o "escola infantil". En un principio, su comentario no se entendió. Se vio más como una cruzada por el catalán que como una demanda de lenguaje "políticamente correcto". Porque, ¿qué había de malo en decir "guardería"? Pues sí, algunos maestros se sienten ofendidos con ese término, pues su raíz es "guardar", y ellos no "guardan", sino que enseñan y estimulan intelectualmente... No veas la inocente foto qué de comentarios ha generado, con la pobre niña ahí sonriendo con su baberito y mirándolos a todos en plan "están locos, estos adultos". Como dijo la madre de la pequeña, M.G, si hubiera dicho esa palabra de forma despectiva, se hubiera tirado tierra sobre su propio tejado, ya que ella no lleva a la niña a la "guardería" para aparcarla, sino que deja su bien más preciado en manos de unos profesionales en los que confía. Pero bueno, ese comentario sobra, ¡porque es evidente! Simplemente, creo que son ganas de molestarse. 


Por cierto, "guardar" tiene este origen: "vigilar, custodiar, proteger". Me parece que también se puede proteger y custodiar a un niño "estimulándolo intelectualmente" (por cierto, a mí me suena muy mal esa expresión, qué queréis que os diga)...
Es cierto que el lenguaje es el reflejo de una cultura, pero cambiar el lenguaje no cambia la cultura; y a veces (muchas) la cultura cambia, pero el lenguaje se mantiene. De hecho, está bien que se mantengan las palabras tal como son, para recordar que en un principio tenían otro significado; tener presente nuestra cultura pasada y compararla sanamente con la presente. Si decimos "retrete" para decir "lavabo", no queremos decir que vayamos a cagar a un rincón apartado de la casa (a menos que seamos un gato gordo, y no miro a nadie), sino, simplemente, que vamos al wáter (no, al "agua" no, ya me entendéis) como todo el mundo; si decimos "ratón del ordenador", no estamos haciendo apología de la tortura ratonil... pobre ratoncito, ahí atado a un ordenador mientras lo toqueteamos... ¡por favor! No caigamos en el absurdo, digamos lo que tengamos que decir como siempre lo hemos hecho, y simplemente dediquémonos a ser mejores personas.


Seamos felices, relajémonos, que nuestros cerebros ya son lo bastante complicados para que les hagamos tanto caso y los compliquemos todavía más... Si es necesario, fumémonos un porro, o la pipa de la paz, o algo... pero no nos amarguemos... Que la irritación no ayuda a luchar por nuestros derechos, por nuestra vida y por nuestra felicidad.

martes, 18 de septiembre de 2012

Escribiendo

Acabo de leer una entrada de blog que me ha conmocionado, porque me siento totalmente identificada.


 
Es en inglés, por eso os intentaré traducir "a grosso modo" el texto aquí. Siento los errores, pero mi inglés está bastante oxidado y lo he hecho deprisa y corriendo ayudada por un traductor automático:
El fuego siempre ha estado ahí. En lo más profundo de mi vientre. La primera vez que lo sentí tenía aproximadamente cinco años, debajo de aquel pino con las ramas cubiertas de espesa nieve.

Ese día me di cuenta de que la nieve que cae produce un sonido y que el mundo deja espacio para ese susurro. Sentí fuego entonces, y me reconfortó.

La siguiente vez que lo sentí fue en cuarto grado. En un ejercicio de redacción creativa, escribí un texto fantástico sobre nieve púrpura y cómo sabía a refresco de uva. Todos en mi clase pensaron que era asombroso,  pero yo sólo me rasqué la cabeza. Y ahí estaba ese fuego de nuevo, como una ascua encendida.

Estaba en octavo grado cuando la  Sra. Hansborough nos enseñó la belleza del ensayo. No entendí por qué a todos se les atravesó tanto aquella clase. Escribiendo los ensayos que se requerían cada semana me sentía como nadando. Era la cosa más natural del mundo. Las embestidas y el movimiento del agua suponían un esfuerzo, sí; pero me hacían sentir como en casa, y me mecía con las olas bailarinas. La Sra. Hansborough me recomendó participar en una competición de escritura ese año,  y por eso un día me senté en mi habitación yo conmigo misma con "mi sitio favorito" como tema para escribir. Era fácil. Claramente, escribiría sobre las cimas de los árboles y sobre cómo me llamaban. Escribiría sobre el ginko que casi tocaba el cielo, y sobre cómo sus ramas crecían como una escalera hacia el cielo, y sobre cómo, en otoño, me sentía en la gloria mientras las hojas caían como en una lluvia de oro.

Pero entonces, sentí algo muy intenso. Estaba como oprimida, presionada por las dudas y las preguntas, y surgió un chorro de agua fría, ahogando mi cabeza y mi corazón y dejándome sin aliento. Y caminé a tientas tratando de encontrar la luz, pero se había ido quién sabe dónde. Empapada por la frigidez del aire forzado.

Entonces, como un robot sin corazón y sin mente, escribí algo sobre mi perro en lugar de sobre las cimas de los árboles, y fue terrible, ya que todo el tiempo me sentí como con una pistola apuntándome la cabeza. Y, por supuesto, no conseguí nada en la competición. Ganó la chica que escribió una breve historia sobre su hermano muerto, por supuesto. Me fui a casa ese día, me subí a mi ginko, y dejé que el viento helado soplara con fuerza sobre mi vientre.

En el instituto, obtuve una esencia como de madera quemada, y me sentí a la vez consolada y fortalecida. Empecé a garabatear poemas impregnados de angustia adolescente, y era glorioso y liberador, y ridículo. Mis palabras se transformaban en fuelles, y privadamente me consumía por las llamas y me sentía Juana de Arco.

Entonces, vino la facultad y, con ella, una crisis espiritual intensa que me costó años superar, sin mencionar las miles de páginas escritas por otra gente que tenía la obligación de leerme. En todos esos años, no hubo lugar en mi vientre para el fuego. Incluso cuando me encontré con aquella muchacha en el vestíbulo, con su pelo al viento y los labios brillantes, que estaba especializándose en Escritura Creativa, me sentí incrédula. Recuerdo que me pregunté a mí misma: "¿Tú puedes realmente hacer eso? ¿Especializarte en escribir?"

Y quizá fue en ese momento cuando el mazo cayó con más fuerza, dispersando a los cuatro vientos las brasas y los escoldos. Cuando me pregunté a quién quería engañar. Cuando determiné que yo no era lo bastante sabia, o lo bastante erudita, o lo bastante inteligente, para seguir con esa farsa. Que yo no bebía ni fumaba ni me sabía vender lo suficiente como para escribir bien. No era ni lo suficientemente extravagante, ni lo suficientemente excéntrico.

El desafío me superó. Y fue el final.

Pero aquella mecha que ardía sin llama no pudo ser apagada.

Mi vida creció y se desarrolló. Caminé conscientemente por el páramo y el desierto. Experimenté el dolor, y la lucha, y la exaltación. Me di a mí misma y, a cambio, recibí bendiciones multiplicadas por cien. Me aparté del camino, y la vida me fue dada. Morí y renací.

Y todo eso me hizo despertar.

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Estos días me siento como una guardiana del fuego. Y aunque algunos días creo que el fuego va a quemarme, me mantengo cerca.

Ese fuego ha crecido mucho ahora que me he unido a otros viajeros. Nos juntamos alrededor de barriles en llamas buscando el calor, la luz, la conexión. Cada uno de nosotros guarda el fuego del otro, y a veces las llamas son tan intensas que queman en su crepitar. Pero se trata del fuego lento, suave, que todo el mundo conoce y que nos mantiene vivos. Podríamos ser una comunidad de vagabundos, pero tenemos cuidado.

Y todo está claro ahora.

Donde hay fuego, hay vida.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

En la Diada

Ahora más que nunca, debemos permanecer unidos y mirar en la verdadera dirección, todos juntos...